
[y cada vez somos menos los que estamos dispuestos a pagarlo]
Pensar es de valientes, porque implica tiempo, esfuerzo y contradicciones que asfixian.
A veces, toca dar el brazo a torcer, reconocer que te has equivocado y cambiar de opinión. Con eso, el ego sufre y el criterio crece.
Lo primero es perder el miedo al aburrimiento. Es el mejor escenario para activar la mente, dejar que tus voces hablen, discutan, te pongan entre la espada y la pared, te regalen ideas y te digan claro hasta lo que no te apetece escuchar.
Pensar es un lujo, porque vivimos en la sociedad de la prisa y la inmediatez, del todo fácil, todo ya. Y el precio de salir de ahí es tan alto como la recompensa.
Herbert Simon planteó que la abundancia de información genera escasez de atención. Y es que hoy la memoria no hace falta, porque todo está en Google. Creemos que tener acceso a algo es lo mismo que entenderlo, pero no. La información sin procesar tiene poco que ver con el conocimiento. De lo contrario, seríamos la generación más lista de la historia. Y solo somos la única capaz de llevar en el bolsillo toda la sabiduría del mundo y, aun así, opinar sin tener ni idea.
Lo vimos en la pandemia, todos fuimos epidemiólogos. Sabemos de economía, nutrición, farmacología, fenómenos climáticos y desastres naturales. Cuando un experto habla, cualquiera se cree con la potestad de explicarlo o decidir mejor, subestimando el valor del trabajo intelectual serio.
Nos vamos a la mierda. De verdad. El razonamiento es lo único que nos diferencia del resto de animales y lo estamos delegando en máquinas.
El sociólogo alemán, Hartmut Rosa tiene claro que la esencia de la modernidad es la aceleración técnica y social, que afecta a nuestro ritmo de vida. Porque, a pesar de que hoy contamos con más herramientas para ahorrarnos tiempo, sentimos que tenemos menos tiempo que nunca y luchamos por meter cada vez más experiencias en menos minutos.
La alienación es la consecuencia de la velocidad excesiva. Consumimos información, personas y objetos con tanta prisa que no nos transforman. Vivimos rodeados de cosas, sin relacionarnos con ellas. Y Rosa propone la resonancia como antídoto: momentos de contacto con el mundo que nos cambian, afectan y escasean porque requieren tiempo y disponibilidad.
El hecho de consumir más de lo que creas y pensar cada vez menos, te empuja a un vacío que hace trizas tu salud mental.
La arquitectura de los vídeos cortos en la era de la IA se basa en lo que, ya en los años 50, el psicólogo B.F. Skinner denominó ‘refuerzo intermitente’ o ‘Variable Ratio Schedule’ (Programa de razón variable) que es exactamente lo que los ingenieros de Silicon Valley admiten usar para diseñar los feeds de Instagram, TikTok o YouTube Shorts.
Skinner lo hacía con palomas, a las que daba de comer si pulsaban una palanca que, en algunas ocasiones dejaban caer comida y otras, no. A través de ese experimento, logró demostrar que dar una recompensa solo a veces es mucho más adictivo que darla siempre. Si la paloma sabe que siempre hay comida, pica cuando tiene hambre. Si no sabe cuándo saldrá, pica de forma compulsiva.
El «Slot Machine» (o tragamonedas) es el gesto de deslizar hacia abajo (swipe), idéntico a tirar de la palanca de una tragaperras; donde no sabes si el siguiente vídeo te hará reír o será aburrido. Esa incertidumbre dispara la dopamina, por la expectativa de encontrar algo bueno, sin la garantía de saber qué va a suceder.
Anna Lembke dice que hemos convertido el mundo en un lugar de abundancia digital que agota nuestros receptores de dopamina. Y sostiene que el consumo compulsivo de vídeos cortos genera un «déficit de placer» a largo plazo, que nos obliga a seguir deslizando solo para sentirnos «normales».
Tristan Harris trabajó como diseñador ético para Google, protagonizó el documental ‘The Social Dilemma’ y el Center for Humane Technology, con una tesis donde habla de la «carrera hacia la base del tallo cerebral». Las apps compiten por nuestros instintos automáticos, de modo que el diseño de la interfaz (como el scroll infinito) está diseñado para hackear el sistema nervioso de los usuarios, conectando con la alienación de Hartmut Rosa: el sujeto ya no es dueño de su tiempo.
Pensar es un lujo.
Y quien renuncia a él, renuncia a sí mismo.