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Empantallados

En España, el 96 % de los hogares tiene conexión a internet. Los niños aprenden a deslizar el dedo por una pantalla antes de sentarse erguidos o pronunciar su primera palabra. Son la primera generación de nativos digitales y crecen dentro de un modelo educativo que ya no responde a su realidad.

Para 2030, el 70 % de las habilidades que hoy se utilizan en la mayoría de los trabajos cambiará, impulsado en parte por la inteligencia artificial.

En ese contexto, un niño entrenado para aprobar exámenes llega en desventaja a un entorno que exige criterio, adaptación y capacidad de pensar.

Mientras tanto, el debate sobre menores y pantallas, gira en torno al tiempo que pasan frente a ellas, cuando la clave está en el tipo de uso que les dan.

Demonizar los dispositivos digitales conectados a Internet implica aplazar un problema que, con un cambio de enfoque, sería una ventaja competitiva que facilita su adaptación a la vida que les espera.

Empantallarse durante horas con el único fin de consumir contenidos rápidos es una práctica extendida en todas las edades. Nos atrapamos en el bucle del scroll infinito, donde, por puro entretenimiento, deslizar y deslizar sin pararnos a pensar nos acerca a un estado primo hermano de la hipnosis.

Ojo, porque este es el ejemplo adulto con el que muchos menores crecen. Y, a veces, olvidamos que somos referentes. Espejos donde nuestros hijos se miran mientras deciden quiénes quieren ser y aprenden a trazar la línea que separa lo correcto de lo incorrecto.

Plataformas como YouTube, redes sociales como TikTok y videojuegos como Roblox son solo una minúscula parte del universo de posibilidades que ofrece la nube. “Chupetes virtuales” que aceleran las agujas del reloj y consiguen que varias horas parezcan pocos minutos. Pero, si analizas lo que de verdad aportan, la situación se oscurece.

Los algoritmos priorizan contenido adictivo, emocional o polarizador porque su objetivo es maximizar el tiempo de atención. Y todo tiene consecuencias: solo la mitad de los usuarios identifica a la publicidad, 1 de cada 3 adolescentes sufre ciberacoso y 1 de cada 4 ha sido víctima de bulos.

El entorno digital influye en su identidad, sus relaciones, su sexualidad y su percepción de la realidad.

Un menor que pasa varias horas al día en un sistema que premia la reacción rápida, intensifica estímulos emocionales y reduce el tiempo de reflexión aprende a consumir deprisa antes que a pensar despacio.

Nos encontramos ante una asimetría que combina uso avanzado y comprensión superficial. De modo que, el consumo de pantallas ya forma parte del desarrollo, pero el criterio para utilizarlas no. Porque el acceso ya lo tienen, pero carecen de quien los enseñe a gestionarlas con cabeza. Y eso se soluciona con alfabetización digital, una asignatura aún pendiente en un sistema educativo que llega tarde a un presente que avanza a la velocidad de la luz.

Aprender a identificar lo que consumes, por y para qué lo haces, supone un avance constructivo que entrena el pensamiento crítico. Una herramienta fundamental para saber poner límites, cuestionar lo que ves, detectar noticias falsas, evitar extender bulos y construir tu realidad de una forma segura y saludable.

El siguiente paso es empezar a crear más de lo que consumes. Y aquí ya entra en juego la capacidad de pensar, investigar, comunicar, fabricar tus propios relatos, expresarte mejor, utilizar herramientas que tú diriges (y no al revés), contribuyendo a una siembra de semillas sociales que brotarán en un mundo mejor.

Estamos a tiempo. Así lo siento. Tengo una hija de 8 años y la responsabilidad de educarla en coherencia al mundo donde le toca vivir. Sé que sacar las pantallas de su vida sería dejarla fuera de un ecosistema que gira en torno a ellas. Pero me niego a que la controlen, la hipnoticen, la anestesien y la manipulen. Por eso, la animo a construir su propia voz, a pensar con calma, a ser crítica, a hacerse preguntas y buscar las respuestas, contrastando, sin conformarse con la primera versión. A expresarse con claridad, a no bloquearse ante los problemas, porque hay herramientas para solucionarlos. Y a crear más de lo que consume.

Estamos disfrutando del proceso, tanto que se ha transformado en un proyecto que pronto verá la luz y me encantará compartir con vosotros.

Mientras tanto, por favor, criterio. Prioricemos acompañar a prohibir y controlar. Pensemos más en lo que nuestros menores consumen y lo que eso les aporta que en el tiempo exacto que emplean en ello. Importancia a lo importante. Que el ruido no sature la atención.