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La claridad tiene carácter

«Clear is kind. Unclear is unkind«. Traducción: Lo claro es amable. Lo ambiguo es cruel.

No es una frase mía. Es de Brené Brown, que define la falta de claridad como una forma de protegernos, para evitar que nos juzguen y quedar mal. La considera una falta de respeto al otro, por dejarlo en un limbo de incertidumbre.

La ambigüedad es un refugio cómodo que no paga el precio de la renuncia.

Tomar decisiones implica matar otras opciones y la claridad requiere el valor de aceptar ese duelo.

Kierkegaard decía que «la angustia es el vértigo de la libertad». Y a mí me gusta llamar «taconazos» a las decisiones que tomas con miedo y valentía, porque son auténticos actos de existencia.

El carácter nace de las aristas, de las imperfecciones y de las posturas incómodas. La IA, como diría Nassim Taleb, carece de skin in the game, porque no tiene la capacidad de sufrir las consecuencias de sus decisiones y nos ahoga en un océano de tibieza aceptable, en el término medio y en esa zona gris que no ofende (ni emociona) a nadie.

Para no confundir claridad con mala educación, la mejor referencia es Radical Candor, un libro de Kim Scott (exdirectiva de Google y Apple) que diferencia tres conceptos fundamentales:
  • el sincericidio, como agresión odiosa que consiste en decir la verdad sin tener en cuenta a la otra persona (destruye puentes y quema marcas)
  • la ambigüedad, como empatía ruinosa que evita decir cosas para no herir o salvar la propia imagen (y es un cáncer silencioso donde nadie crece y nada se arregla)
  • y la claridad, como franqueza radical, que desafía de forma directa cuando te importa el resultado y la persona (y es ese «taconazo» necesario que requiere carácter y compromiso).
La claridad es una postura ética. Una marca auténtica exige la valentía necesaria para aceptar ser rechazada por muchos y amada por unos pocos, pagando el precio de algo que una máquina no se puede permitir: el lujo de ser ella misma.